La última vez que escribí te odiaba. Te odiaba con mucha mucha intensidad.
Me releo y me sorpende la furia de mis propias palabras y de alguna forma me vuelve a invadir. Así es. Así somos. Intensos. En todo.
Nuestra no-relación se basa en momentos de consumpción expontánea de energía como un fuego fátuo. Ardemos y nos quemamos y volvemos a alejarnos.
Y así es. Y así supongo que tendrá que ser. Porque así tú lo quieres y tal vez eso sea lo mejor...
No te odio. ¡Ojalá pudiera! Pero me es imposible. Porque me gustas. De una forma completamente irracional, sumamente ilógica, a pesar de todas mis horas de razonamientos. Me gustas. Por ser tú. Con tus contradicciones. Tus ironías. Tus buenos y malos momentos. Tus modos de desaparecer a veces cuando te necesito y la forma en la que estás cuando menos me lo espero. Tu manía de llevarme la contraria sistemáticamente. Me desesperas y lo odio. Pero tú me encantas...
Pero no eres ni serás mío... tan sólo eso... un asteroide que orbita por el espacio y a veces se cruza por mi camino. Chocamos y nos consumimos y ardemos hasta convertirnos en cenizas. Pero luego te vas, y yo me recompongo...
Y permito que otros cuiden de mis baobabs y deshollinen mis volcanes, dormidos hasta que tú vuelves a aparecer para despertarlos... para inundar mi pequeño mundo con lava...
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