Me pillaste en el cambio de guardia... Cuando no había nadie para defenderme...
¡Cuántas noches te he invocado!...
Cuantas noches intentando cubrir tu ausencia, he proyectado en mi presa nocturna tu imagen, la imagen de aquel que en realidad quería a mi lado.
Cuantas veces mis manos han fingido ser las tuyas... Y mi maginación tu cuerpo hasta que mi nuca ha creído sentir tu aliento junto a mi oído...
Cuántas veces te he sentido...
Cuántas veces el orgasmo esquivo se ha negado a aparecer por faltarle tu presencia.
Cuántas horas, cuántos minutos, cuantísimos segundos frenéticos he pasado buscando la explosión que me librase de mí misma y de la nada para, al final, rendirme exhausta (ojos cerrados, respiración cortada, mano desmayada sobre mi monte de Venus) pensando en que en realidad sin ti, nada de aquello tenía sentido...
Y ahora... Es todo tan diferente... Y ha cambiado todo tan rápido... Hemos cambiado tan rápido... Yo lo he hecho...
Ahora estás aquí... y es como si no estuvieras...
Y, cuando lo hacemos, mi cuerpo tiene que, NECESITA, imaginar que no eres tú. Que es cualquier otro. Otro cualquiera. Olvidarme de que existes. Olvidarme de que importas. Olvidarme de quien eres. De todo lo que ha pasado. De todo lo que he sentido. Irme lejos de esa cama, de nuestra vida, para poder centrarme en mí. Para esquivar la nada. Para que el vacío no importe. Para que sólo importe yo. Sólo yo. Como antes. Como nunca. Como siempre. Para llenar ese vacío con orgasmos igual de fútiles, menos intensos, que saben tan solo a electricidad y bioquímica. Orgasmos míos, propios, de los que aunque estés ya no tienes parte.
... Habían caído mis murallas, pero mejores y más fuertes refuerzos han venido...
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada