Arde. Mi cuerpo arde. Otra vez. Shhhh. No aquí. No ahora.
Las cenizas del volcán dormido parecen volver a encenderse ante las palabras mágicas. Y el dragón que duerme en él comienza poco a poco a respirar de nuevo fuego.
Shhhh. Duerme, dragón, duerme... ¡No aquí! ¡No ahora!
Vuelve a tu sueño... Descansa de nuevo tranquilo hasta que este siglo apenas recién nacido del amor luna y los abrazos perezca en sus propias cenizas.
¡No ardas! No quemes este tierno amor de delicadas mariposas.
¡Extínguete! En un mundo de besos y dormidas caricias.
Olvida, dragón, olvida. Olvida el fuego. Olvida y duerme...
Pero el dragón abre por un momento sus enormes ojos morados y me dirige una mirada llena de desafío y desprecio antes de volver a darme la espalda. Y cuando parece que por fin de nuevo se ha dormido, con su respiración profunda y tranquila, escondiendo su enorme cabeza bajo sus alas... lanza una última llamarada de fuego que me quema el alma.
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